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La Auténtica Grandeza en la Sombra: El Llamado de Cristo a la Humildad Genuina

Fecha del Post: 12 octubre, 2025

En el camino de la fe, a menudo nos enfrentamos a desafíos sutiles, enemigos espirituales que no son obvios, sino que se infiltran en nuestras mejores intenciones. Uno de los más insidiosos es, sin duda, la búsqueda de reconocimiento o, peor aún, el orgullo disfrazado de humildad, esa sutil necesidad de “figurar” en todos lados, de que se noten nuestros sacrificios o nuestro servicio.

Nuestra fe está centrada en Jesucristo, el modelo perfecto de toda virtud. Si queremos comprender la auténtica humildad, debemos mirar Su vida. Él no solo predicó la humildad, sino que la encarnó de manera radical.

La Tentación de la Vanidad: Una Advertencia de Nuestro Señor

¿Quién de nosotros no ha sentido esa punzada de satisfacción cuando alguien alaba nuestro esfuerzo en la parroquia, nuestro acto de caridad, o nuestro profundo conocimiento de la Biblia? El problema no es que seamos reconocidos, sino la intención detrás de la acción y la necesidad que tenemos de ese aplauso. Aquí, la enseñanza de Jesús es cortante y liberadora:

“Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 6, 1)

Esta frase es el corazón de nuestra reflexión. Jesús no condena la obra, sino la intención teatral que la acompaña. Cuando la motivación principal es “ser vistos”, nuestra recompensa ya la hemos recibido: el fugaz y vacío aplauso humano. Hemos cambiado el tesoro eterno por una medalla de hojalata.

Jesús continúa, tocando tres pilares de la vida espiritual: la limosna, la oración y el ayuno. En cada uno, la advertencia es la misma:

“Cuando, pues, des limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para ser alabados por los hombres; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” (Mateo 6, 2-4)

La falsa humildad no es más que orgullo con velo. El que quiere figurar, aunque lo haga bajo el pretexto del servicio a Dios, en realidad busca su propia gloria. Quiere ser el pilar visible, el mártir conocido, el orador brillante, la mano que todos ven dar.

El Peligro de la “Figura” y la Sed de Protagonismo

En la vida cotidiana, esta sed de protagonismo se manifiesta de muchas maneras. Es el que se asegura de que todos sepan cuánto ha rezado, el que “humildemente” cuenta el sacrificio que hizo, o el que en una reunión siempre encuentra la forma de redirigir el tema a sus logros o su servicio.

Este comportamiento revela una profunda inseguridad y una falta de comprensión de lo que significa ser discípulo de Cristo. Si Jesucristo es el centro, ¿por qué mi ego insiste en ocupar el estrado?

El anhelo de figurar nos lleva a un camino peligroso: desviar la gloria que solo le pertenece a Dios. Si somos llamados a ser sal y luz (Mateo 5, 13-16), la luz debe mostrar el camino hacia Él, no hacia nosotros mismos. Cuando la gente dice: “¡Qué gran siervo es fulano!”, la respuesta interna de ese siervo debe ser: “¡Qué grande es el Señor que me capacita para servir!”.

El verdadero servicio es anónimo y desinteresado. La verdadera humildad es hacer el bien, no solo sin que te vean, sino sin desear que te vean.

La Humildad Genuina: La Enseñanza de Cristo en el Servicio

La lección más poderosa sobre la humildad no vino de un discurso, sino de un acto: el lavatorio de los pies.

“Sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la cena, se quitó sus vestiduras y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido.” (Juan 13, 3-5)

Detengámonos un momento en la profundidad de este pasaje. Jesús, el Hijo de Dios, el Señor y Maestro (como Él mismo afirma en Juan 13, 13), conocedor de su divinidad y autoridad suprema, no solo se rebaja, sino que asume el rol del esclavo más bajo. No lo hizo en público para impresionar a la multitud, sino en la intimidad de la Última Cena con sus discípulos, dejándoles una lección viva.

Luego les dice:

“Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.” (Juan 13, 14-15)

El ejemplo de Cristo establece la humildad como el requisito fundamental del liderazgo y el servicio cristiano. La humildad no es pensar menos de uno mismo, sino pensar menos en uno mismo. Es poner las necesidades y la dignidad del otro por encima de mi deseo de reconocimiento.

La Exaltación Pasa por el Abajamiento

Si buscamos una fórmula para la grandeza en el Reino, la encontramos en la ley de la humildad, que es contraria a la lógica del mundo. El que quiere ser grande, debe ser el último:

“El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.” (Marcos 10, 43-45)

Jesucristo lo hizo de la forma más radical: no solo se hizo siervo, sino que dio Su vida en la Cruz. Su humillación no fue un acto de debilidad, sino la manifestación suprema de Su poder redentor y Su amor incondicional.

La Carta a los Filipenses resume la obra de Cristo como el camino de la humildad que lleva a la gloria:

“[Cristo Jesús] el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre; para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo.” (Filipenses 2, 6-10)

Aquí está la verdad liberadora: la exaltación (el ser reconocido, la verdadera figura) no es algo que debamos buscar por nuestros propios medios, sino el don de Dios que sigue a la humillación voluntaria y sincera por amor a Él y al prójimo. Si buscamos ser vistos, Dios nos deja en el suelo; si nos humillamos, Él nos levantará a Su tiempo.

Aplicación Práctica: Vivir en la Sombra del Maestro

¿Cómo se ve esto en nuestra vida diaria?

  • Reorienta tu Motivación: Antes de servir, pregúntate: ¿A quién busco agradar? Si la respuesta es Dios, no necesitarás la aprobación de nadie más. Haz el trabajo que nadie ve: lava los platos en la cocina parroquial sin contarlo, visita al enfermo sin publicar la foto, reza por el que te ofende sin buscar reconocimiento.
  • Acepta el Papel Secundario: En tu vida laboral, familiar o ministerial, acepta con gozo ser el que apoya, el que prepara el terreno, el que pasa desapercibido. La Biblia nos dice que hay que disminuir para que Él crezca (Juan 3, 30). Nuestra alegría debe ser que Cristo sea glorificado, incluso si eso significa que nuestro nombre quede en el anonimato.
  • Huye de la Falsa Humildad: El que dice “Soy un inútil, no merezco nada”, esperando que lo contradigan y lo exalten, está en la trampa del orgullo. La humildad verdadera es simplemente aceptar la verdad sobre uno mismo: soy un pecador amado por Dios, un instrumento imperfecto que es útil solo por Su gracia. La gracia lo hace todo, no mi esfuerzo.

Jesucristo es nuestro único Señor y Salvador, y también es nuestro único Modelo de vida. La única “figura” que debe llenar nuestra vida es la de Él. Dejemos de buscar el aplauso fugaz del mundo y fijemos nuestra mirada en el único Juez y Recompensador, nuestro Padre que ve en lo secreto. Sirvamos en la sombra con la certeza de que Él está con nosotros (Mateo 28, 20) y que Su recompensa no es terrenal, sino eterna.

Sigamos el camino de la Cruz, el camino de la humillación, porque es el único que conduce a la vida verdadera y a la gloria de nuestro Redentor.

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Acerca de Ricardo

"Donde la Fe y la Ciencia se encuentran para revelar la verdad del Creador."

Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.