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El Llamado Irresistible: Cómo Doce Hombres Ordinarios Fueron Moldeados por Jesús para Continuar Su Misión Redentora

Fecha del Post: 15 octubre, 2025

El Centro de Todo: La Soberanía del Elegido

En el corazón de la historia de la salvación se encuentra una elección, un acto deliberado de amor y poder. Mucho antes de que los apóstoles fueran conocidos como tales, ya existía Aquel que los llamaría: Jesucristo, el Hijo del Altísimo. La elección de los Doce no fue una decisión de recursos humanos, sino un acto de autoridad divina para establecer el primer pilar visible de la Iglesia que Él mismo fundaría.

El Evangelio de Marcos nos ofrece una visión directa de este momento fundacional: “Subió al monte y llamó a los que Él quiso; y ellos vinieron a Él. Y designó a Doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar…” (). Esta simple afirmación es profunda. La elección es unilateral: “llamó a los que Él quiso.” No fue una votación, ni una solicitud de currículum. Fue la voluntad soberana de Cristo la que separó a estos hombres de sus vidas cotidianas.

Aquí, el apóstol no es el protagonista; es un mero recipiente de la gracia y el poder de Quien lo llama. El carpintero de Nazaret, que es el Mesías prometido, elige a Simón (a quien llamó Pedro, o Cefas, la roca), Andrés su hermano, Santiago y Juan (los Boanerges, “hijos del trueno”), Felipe, Bartolomé, Mateo (el publicano), Tomás, Santiago (el de Alfeo), Tadeo, Simón (el Cananeo) y Judas Iscariote (). Eran hombres de la vida común: pescadores, un nacionalista celoso, un colaborador del imperio romano.

¿Por qué estos hombres? La respuesta apunta de nuevo a Cristo. Él no solo los eligió para una tarea; los llamó “para que estuvieran con Él” (). El propósito primario del apostolado no era la misión, sino la comunión con el Señor. Es en esta cercanía, en este discipulado diario, donde radica el poder para la obra futura. Este principio sigue siendo válido: nuestra eficacia en el servicio cristiano nunca proviene de nuestra propia capacidad, sino de la cercanía continua y devota con Jesucristo, el Único Maestro.

 

La Obra Redentora en Sus Vidas: El Entrenamiento del Maestro

Una vez elegidos, la vida de los apóstoles se convierte en un aula bajo la tutela del mayor Redentor y Maestro de todos los tiempos. La obra redentora de Cristo no se limita al Calvario; comienza en la transformación gradual de aquellos a quienes llama.

 

De la Imperfección a la Fe

Los Evangelios son brutalmente honestos acerca de la humanidad defectuosa de los Doce. Vemos sus fallos una y otra vez, y cada error sirve como una plataforma para la enseñanza y el perdón de Jesús:

  • La duda y la incredulidad: Tomás necesita tocar las heridas para creer en la Resurrección. Jesús no lo desecha, sino que lo confronta con la verdad de Su victoria: “«Mete aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» Tomás le contestó: «¡Señor mío y Dios mío!»” (). La declaración de Tomás es el pináculo de la fe apostólica, provocada por la paciencia redentora de Cristo.
  • La ambición y el orgullo: Santiago y Juan piden los lugares de honor. La respuesta de Jesús centra la atención no en el poder terrenal, sino en el sacrificio redentor: “Pero Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?»” (). El camino hacia la grandeza en el Reino de Dios es el de la humildad y el servicio sacrificial, imitando la propia vida de Cristo.
  • La negación y el miedo: La historia de Pedro negando al Señor en la noche del juicio es un recordatorio de nuestra fragilidad. Sin embargo, tras la Resurrección, Jesús lo restaura con ternura y un triple encargo: “Cuando acabaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?» Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»” (). La obra de Cristo es redentora: donde el hombre falla, la gracia de Dios triunfa y restaura la vocación.

El gran momento de esta obra redentora, que les daría poder para su misión, llega tras la Ascensión. Jesús les había prometido: “Pero recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (). El derramamiento del Espíritu en Pentecostés (Hechos 2) los capacita para ser las herramientas eficaces de Su obra en el mundo. Su poder no es propio; es el poder de Cristo resucitado actuando a través de ellos.

 

La Enseñanza de Cristo: El Mandato de la Salvación

La mayor parte de la vida de los apóstoles fue una lección ininterrumpida de la enseñanza de Jesús. El Señor les confió el tesoro de la Verdad, no para que lo guardaran, sino para que lo proclamaran.

La enseñanza apostólica tiene un único punto focal: la identidad y la obra de Jesucristo.

  1. Cristo, el Mesías: La primera gran confesión de fe apostólica la da Pedro, y es la piedra angular de toda la enseñanza posterior: “«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»” (). Sobre esta verdad, que Pedro recibió por revelación divina, Jesús promete edificar Su Iglesia.
  2. Cristo, el Sacrificio Redentor: Su mensaje central siempre fue la muerte y resurrección de Jesús. El apóstol Felipe le habla al eunuco sobre la profecía de Isaías, centrándola en la figura de Jesús, el Siervo sufriente: “Felipe, partiendo de este pasaje de la Escritura, le anunció la Buena Nueva de Jesús” (). Los apóstoles no predicaban filosofía ni moralismo, sino el único camino de salvación a través de la Sangre de Cristo.

Al despedirse, Jesús les da la Gran Comisión, el resumen de Su enseñanza y la tarea para la Iglesia: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (). Su misión es perpetuar la enseñanza de Jesús, apoyados en Su presencia constante (“yo estoy con vosotros”) hasta el fin de los tiempos. La vida de los apóstoles después de la Ascensión fue el cumplimiento de este mandato: su vida se convierte en el testimonio vivo de la resurrección de Cristo.

 

Su Papel como Único Salvador y Señor: Cimientos de la Iglesia

Los apóstoles no son salvadores; son mensajeros y cimientos que señalan al único Salvador. La Biblia Católica es clara en que el único Redentor es Jesús.

 

El Único Nombre

La vida y predicación de los apóstoles, tal como se registra en Hechos, demuestran su absoluto enfoque en la autoridad de Cristo. Cuando Pedro y Juan sanan a un hombre cojo, niegan cualquier poder propio: “Hombres de Israel, ¿por qué os extrañáis de esto, o por qué nos miráis como si por nuestro propio poder o piedad hubiéramos hecho andar a este? […] Y por la fe en Su nombre, este hombre que veis y conocéis ha sido robustecido por Su nombre, y la fe que viene por Él le ha dado esta perfecta curación en presencia de todos vosotros.” ().

Su mensaje es innegociable: “Él es la piedra que fue rechazada por vosotros, los constructores, y que se ha convertido en la piedra angular. Pues no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.” (). Este pasaje es la síntesis de todo lo que los apóstoles aprendieron: Cristo es el único nombre de la salvación. El apóstol es un faro que apunta a la Luz, no la Luz misma.

 

El Cimiento Apostólico

El papel de los apóstoles, por lo tanto, es el de ser los cimientos vivos de la Iglesia, pero no el cimiento principal. San Pablo lo aclara al hablar de la Iglesia como un edificio: “Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo Jesús mismo,” ().

Jesús es la Piedra Angular que soporta y da forma a todo el edificio. Los apóstoles son los fundamentos que se apoyan en Él. Por esto, la Iglesia Católica, al honrar a los apóstoles, lo hace porque ellos fueron los testigos presenciales de la gloria, las obras, la Pasión y la Resurrección de Cristo. Su vida, desde el llamado en el Mar de Galilea hasta su misión final, es un testimonio inquebrantable de Jesucristo como el único Señor y Salvador.

Al estudiar las vidas de estos doce hombres ordinarios, vemos reflejada nuestra propia vocación: ser llamados, transformados, perdonados y enviados. Nuestra fe no se basa en la heroicidad de los hombres, sino en la fidelidad y el poder redentor de Aquel que los eligió. En la historia de cada apóstol, el mensaje es claro: Cristo es el centro; sin Él, no hay llamado, ni transformación, ni salvación. Por Su gracia, ellos perseveraron, y por Su misma gracia, nosotros también podemos hacerlo.

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Acerca de Ricardo

"Donde la Fe y la Ciencia se encuentran para revelar la verdad del Creador."

Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.