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El Bautismo: Fundamento de una Nueva Vida

Fecha del Post: 29 octubre, 2025

Hoy nos adentraremos en el primer gran misterio de nuestra vida de fe, un evento que lo cambia todo: El Bautismo.

Si le preguntas a la gente qué es el Bautismo, muchos te hablarán del agua, de un rito, quizás de una hermosa tradición familiar. Todo eso tiene su parte de verdad, pero para nosotros, los creyentes, es infinitamente más. El Bautismo es un regalo de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, el fundamento mismo de nuestra existencia cristiana. Es la obra redentora de Cristo aplicada de manera personal y radical a nuestra vida. Es la puerta de entrada a la familia de Dios y a la participación en la vida de Su Hijo.

Para entender esta inmensa gracia, debemos ir directamente a la fuente, a la Palabra viva que nos fue entregada.

 

La Gran Comisión: El Mandato de Cristo

Toda la autoridad y el fundamento del Bautismo provienen de una única fuente inagotable: Jesucristo Resucitado. Antes de ascender al Padre, el Señor no dejó dudas sobre la misión de sus discípulos, y en el corazón de esa misión puso el Bautismo.

Jesús les dijo a sus apóstoles: “Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto yo les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 19-20).

Piensa en este pasaje. No es una sugerencia, sino un mandato solemne. Cristo, el Amo del universo, a quien “se le ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra” (Mateo 28, 18), ordena que sus seguidores sean integrados a la fe a través de un proceso que incluye enseñanza y, de manera central, el Bautismo. Al ordenar bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Cristo no solo nos revela la verdad del Dios Trino, sino que nos asegura que somos incorporados a la vida misma de la Trinidad.

Si Jesús lo ordenó, ¿podríamos nosotros ignorarlo o considerarlo un mero formalismo? ¡Jamás! Es un camino de obediencia que Él mismo nos trazó, porque sabe que es necesario para nosotros.

 

Nacer de Agua y Espíritu: La Necesidad para la Vida Eterna

¿Por qué es tan esencial este sacramento? Porque nos da el don más sublime que podemos recibir: una nueva vida y la posibilidad de ver el Reino de Dios.

Una noche, un hombre llamado Nicodemo, un líder judío, se acercó a Jesús con muchas preguntas. En esa conversación íntima, el Maestro le reveló una verdad fundamental: “En verdad, en verdad te digo, quien no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3, 5).

Aquí está la clave: nacer de nuevo. La vida que recibimos de nuestros padres es maravillosa, pero está marcada por una fragilidad que la Biblia llama “pecado original”. Es como si nuestro corazón viniera con una mancha, una tendencia a alejarnos de Dios. El Bautismo es el acto de amor de Cristo que borra esa mancha y nos regenera espiritualmente.

El agua, que lava la suciedad física, se convierte en el símbolo de la purificación de nuestra alma, y el Espíritu Santo, invocado por la Iglesia en el nombre de Cristo, nos es infundido para darnos una existencia espiritual.

Ejemplo Práctico: Piensa en un teléfono o una computadora. Cuando la compras, está llena de programas y configuraciones de fábrica. El Bautismo es como un reinicio completo del sistema, donde se elimina el virus del pecado original y se instala un nuevo software, el Espíritu Santo, que nos capacita para la vida de fe, para clamar: “¡Abba, Padre!” (Romanos 8, 15). A partir de ese momento, la fuerza del Espíritu nos guía.

 

Sumergidos en la Muerte y Resurrección de Cristo

La verdad más profunda y conmovedora del Bautismo la encontramos en las cartas del apóstol San Pablo, quien revela que este rito es nuestra participación directa en el misterio pascual de Jesús.

San Pablo escribe a los romanos, y su mensaje es claro: “¿O es que ignoran que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? En efecto, por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva” (Romanos 6, 3-4).

El Bautismo es un “entierro” simbólico. Cuando el agua cae sobre nosotros o somos sumergidos, es como si la persona vieja, esclava del pecado, muriera con Cristo en la Cruz. Cuando salimos del agua, o el rito concluye, resucitamos con Él a una vida completamente diferente, una vida de gracia, liberados de la condenación eterna.

¿Ves la centralidad de Cristo aquí? Él no nos da un plan de autoayuda; Él nos da Su propia Muerte y Su propia Resurrección como el poder para nuestro nuevo nacimiento. El Bautismo es el puente que nos saca de la muerte espiritual y nos lleva a la vida eterna, y ese puente es Jesucristo.

 

El Bautismo y la Salvación: El Único Camino

Algunas personas se preguntan si el Bautismo es realmente necesario para ser salvo. La Palabra de Dios, pronunciada por el mismo Señor y por sus Apóstoles, nos da la respuesta.

El Señor Resucitado dijo: “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Marcos 16, 16).

Y el Apóstol Pedro, en su primera predicación después de Pentecostés, nos da la pauta a seguir: “Arrepiéntanse y hágase bautizar cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo” (Hechos 2, 38).

El Bautismo, unido a la fe en Cristo, es el camino ordinario de salvación que Él mismo nos instituyó. Es la forma en que Cristo nos lava, nos perdona y nos infunde Su Espíritu.

Ejemplo Práctico: Imagina que tienes una enfermedad muy grave y el médico, en quien confías plenamente, te receta una medicina esencial para curarte. La fe es confiar en la promesa del médico (Cristo), y el Bautismo es tomar la medicina (el medio que Él nos dio para la curación). No es la medicina la que te salva sin el médico, pero el médico te pide que tomes la medicina para sanar. De igual modo, la fe en Jesús es lo que salva, y el Bautismo es el acto de obediencia por el que Él nos aplica el poder de esa salvación.

 

Incorporados a Cristo y a Su Cuerpo: La Iglesia

Finalmente, el Bautismo tiene una dimensión comunitaria maravillosa. No solo nos une a Cristo de manera individual, sino que nos injerta en Su cuerpo místico, que es la Iglesia.

San Pablo nos enseña: “Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Corintios 12, 13).

Al ser bautizados, dejamos de ser individuos aislados y nos convertimos en miembros de Cristo (células de Su Cuerpo). Ya no caminamos solos; caminamos en comunión con todos nuestros hermanos que comparten la misma fe y el mismo Bautismo. Esto significa que la gracia del Bautismo nos hace capaces de participar en la vida de la Iglesia, de recibir los demás sacramentos y de vivir como verdaderos discípulos.

El Bautismo es la manifestación de que Jesucristo es el único Salvador y Señor de nuestra vida. Por Su muerte y resurrección, Él nos ha abierto las puertas del cielo, y por el Bautismo, Él nos saca del dominio del pecado y de la muerte, y nos introduce en Su vida.

Si ya has sido bautizado, te invito a meditar en esta inmensa gracia. No es un evento del pasado, sino una marca imborrable en tu alma que te hace hijo de Dios para siempre. Vive cada día a la luz de esta verdad: Tú eres de Cristo. Tienes la tarea de caminar en esa vida nueva, llevando el Evangelio a tu familia, a tu trabajo, a tu barrio. Si la tentación te acecha, recuerda quién eres: has muerto al pecado con Cristo para vivir para la justicia en Él (1 Pedro 2, 24).

Busca siempre a Jesús, el autor y perfeccionador de nuestra fe (Hebreos 12, 2), pues en Él y solo en Él, por el don del Bautismo, tenemos la plenitud de la vida.

Algunas comunidades cristianas sostienen que el Bautismo debe ser un acto consciente de un creyente adulto y realizado por inmersión total. Exploraremos los argumentos bíblicos detrás de esta práctica, centrados en el significado de la fe personal en Jesucristo y el simbolismo de Su Muerte y Resurrección, tal como lo narran las Escrituras.

Si bien en el artículo anterior afirmamos la necesidad del Bautismo para la vida en Cristo, es justo y enriquecedor explorar una perspectiva sostenida por muchos hermanos: la que establece que el Bautismo debe ser administrado solamente a creyentes (adultos o con uso de razón) y realizarse por inmersión total.

Esta postura se fundamenta en una interpretación profunda de las narraciones bíblicas y en la conexión directa entre la fe individual y la obediencia al mandato de Jesús. Nuestro único faro siempre será la Palabra.

 

El Bautismo del Creyente: Fe Precede al Agua

El argumento central para el bautismo de creyentes se basa en la secuencia que Jesucristo y sus Apóstoles establecieron: enseñanza, fe, arrepentimiento y luego el Bautismo.

 

1. El Mandato del Discipulado y la Fe

Volvamos al mandato principal de Jesús: “Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto yo les he mandado” (Mateo 28, 19-20).

Para quienes sostienen el bautismo de creyentes, la lógica es irrefutable: para hacer un discípulo (un aprendiz), este debe ser capaz de ser enseñado y, crucialmente, debe ser capaz de creer. Un niño muy pequeño, un infante, no puede aún manifestar la fe o la capacidad de guardar los mandamientos. Por lo tanto, el Bautismo es la señal externa y visible de una gracia interna que ya ha comenzado por la fe en el corazón de la persona.

La Escritura enfatiza la fe como requisito indispensable. El mismo Jesús lo dijo: “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Marcos 16, 16). La fe (creer) se nombra antes que el Bautismo, subrayando que el acto de inmersión es una respuesta de obediencia a la fe ya existente.

 

2. La Demanda de Arrepentimiento

Otro texto clave es la primera predicación del Apóstol Pedro el día de Pentecostés, cuando el poder del Espíritu Santo se derramó. Al escuchar las maravillas de Dios, la gente preguntó: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”.

Pedro les respondió: “Arrepiéntanse y hágase bautizar cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo” (Hechos 2, 37-38).

El arrepentimiento (un cambio de mente y de vida, un apartarse del pecado) es un acto de la voluntad consciente. Solo una persona con uso de razón puede arrepentirse de sus pecados. El Bautismo es visto, en esta perspectiva, como el sello de un corazón que, habiendo escuchado el Evangelio, decide activamente apartarse de su vida pasada y encomendarse a Jesucristo.

Ejemplo Práctico: Piensa en una boda. Nadie casaría a dos bebés, porque el matrimonio es un pacto, una promesa consciente. De la misma manera, el Bautismo es visto como un pacto de vida con Cristo, donde el creyente promete libremente una vida de obediencia. Es un testimonio público de que Jesucristo es mi Señor y Salvador personal, una declaración que exige conciencia y voluntad propia.

El Eunuco Etíope: Un Caso de Estudio del Bautismo del Creyente

Para comprender de manera práctica cómo se llevó a cabo el Bautismo en la Iglesia primitiva, no hay un ejemplo más claro y elocuente que el encuentro entre Felipe y el eunuco etíope, registrado en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Esta narrativa bíblica subraya vívidamente tanto la necesidad de la fe consciente como la práctica de la inmersión en el agua.

El eunuco era un alto funcionario de la reina de Etiopía, un hombre que, a pesar de su posición y riqueza, tenía un profundo anhelo espiritual que lo había llevado a Jerusalén a adorar. De regreso a su tierra, iba leyendo un pasaje del profeta Isaías, el que habla del Siervo sufriente, sin entender su significado (Hechos 8, 27-34).

El Espíritu Santo guio a Felipe para que se acercara al carro. Felipe, comenzando con esa misma Escritura, le “anunció el Evangelio de Jesús” (Hechos 8, 35). Es crucial notar la secuencia: el Evangelio de Cristo fue anunciado, y el eunuco, al entender la obra redentora de Jesús, manifestó una fe salvadora.

 

1. La Pregunta de la Fe Consciente

Mientras viajaban y la Palabra de Cristo germinaba en su corazón, el eunuco, viendo agua en el camino, hizo una pregunta que lo resume todo:

“Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?” (Hechos 8, 36).

La respuesta de Felipe es el fundamento del bautismo de creyentes:

[Felipe le dijo: “Si crees de todo corazón, bien puedes.] Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.” (Hechos 8, 37, pasaje incluido en muchos manuscritos antiguos de la Biblia católica).

Aquí vemos claramente que la única condición impuesta por el Evangelio para recibir el Bautismo es la fe viva y personal en Jesucristo, el Hijo de Dios, el Salvador. Esta confesión de fe consciente elimina de inmediato la idea de un rito automático y subraya que el Bautismo es un acto de obediencia que sigue a la convicción del corazón. El eunuco, un adulto capaz de creer, arrepentirse y confesar a Cristo, fue el candidato.

 

2. La Práctica de la Inmersión y el Gozo de la Resurrección

El relato continúa confirmando la práctica del bautismo por inmersión:

Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó… Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino.” (Hechos 8, 38-39).

El texto no dice que Felipe roció o derramó agua. El uso de las frases “descendieron ambos al agua” y “Cuando subieron del agua” es una evidencia poderosa que apunta a la inmersión total. Esta acción de “entrar” y “salir” del agua cumple con el simbolismo que nos enseñó San Pablo: el eunuco murió a su vida pasada de la mano de Cristo y resucitó con Él a una nueva esperanza.

La Recompensa de la Obediencia: Fíjate bien en la consecuencia de este encuentro y obediencia: el eunuco “siguió gozoso su camino”. Este gozo no es el resultado de un simple rito, sino la manifestación de que Cristo había obrado la salvación en su vida. La fe fue la puerta, la predicación de Jesús fue el contenido, y el Bautismo fue el testimonio público de esa transformación. Su corazón se llenó de la paz y la alegría de saberse redimido y unido a Jesucristo, nuestro Único Señor. Este pasaje es un faro que ilumina el camino hacia el Bautismo como un acto de fe personal y de plena identificación con la Muerte y Resurrección de Cristo.

 

El Bautismo por Inmersión: La Plena Identificación con Cristo

El segundo punto de esta reflexión se centra en el modo de realizar el Bautismo: la inmersión total en el agua. Este modo no es visto como una simple preferencia, sino como una necesidad que refleja fielmente el significado espiritual del sacramento, basándose en la etimología y el simbolismo.

1. El Significado del Término Griego

La palabra que se traduce como “bautizar” en el Nuevo Testamento proviene del vocablo griego baptizō, que literalmente significa “sumergir”, “hundir” o “inundar”.

Para muchos estudiosos, esta simple definición lingüística apunta a la práctica original y más fiel al mandamiento. Los pasajes que describen los bautismos en la Biblia suelen mencionan que se iba a un lugar con “mucha agua” (Juan 3, 23) o que el bautizado “salió del agua” después del rito (Mateo 3, 16; Hechos 8, 38-39). Esto sugiere que la inmersión era la norma.

 

2. La Ilustración de la Muerte y Resurrección

El argumento más poderoso a favor de la inmersión es su profundo simbolismo teológico, que está íntimamente ligado a la obra redentora de Jesucristo, nuestro centro. Como mencionamos en el artículo anterior, el Apóstol Pablo lo explica de forma magnífica.

En su carta a los Romanos, al hablar del Bautismo, Pablo utiliza la imagen de un entierro:

“En efecto, por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva.” (Romanos 6, 4)

Y a los Colosenses les dice:

Con Él fuisteis sepultados en el Bautismo, y con Él fuisteis también resucitados, por la fe en la acción de Dios que lo resucitó de entre los muertos.” (Colosenses 2, 12)

La inmersión completa del cuerpo en el agua es la representación más vívida y poderosa de este misterio:

  • Sumergirse: Simboliza la muerte de la vida vieja de pecado y la sepultura con Cristo. Es dejar atrás el pasado, morir al “yo” que se oponía a Dios.
  • Emerger: Simboliza la Resurrección con Cristo a una vida nueva. Es ser levantado con la fuerza de Dios para vivir en Su Espíritu y caminar en santidad.

 

Un Acto Centrado en Cristo y la Conciencia

la práctica del Bautismo del creyente por inmersión busca ser lo más fiel posible a la práctica evidente en el Nuevo Testamento, priorizando dos elementos clave que Jesús hizo fundamentales:

  1. Fe Consciente: El Bautismo es una respuesta de obediencia a la orden de Cristo, que presupone una fe personal, un arrepentimiento y una decisión consciente de seguir al Señor.
  2. Símbolo Fiel a la Obra Redentora: La inmersión es el modo que mejor ilustra el corazón del Evangelio: la unión del creyente con la Muerte y Resurrección de Jesucristo, nuestro Único Salvador, para nacer a una vida nueva.

Esta práctica pone a Cristo en el centro, no solo como quien ordena, sino como el modelo de la acción: Él mismo fue bautizado (Mateo 3, 13-17) y Su propia Pasión y Resurrección son el contenido central que el sacramento simboliza. Es un testimonio glorioso de que solo por Su obra somos justificados y resucitados a la vida eterna.

 

La Perspectiva Católica: Bautismo Infantil y Aspersión

Para completar el panorama sobre el sacramento del Bautismo, es esencial incluir la postura de la Iglesia Católica y otras tradiciones cristianas (como las Iglesias Ortodoxas, Luteranas, Anglicanas y Presbiterianas, entre otras) que practican el bautismo de niños pequeños (pedobautismo) y por otros métodos además de la inmersión, como la aspersión o la efusión (derramar agua).

Esta perspectiva se basa en una comprensión distinta de la naturaleza del Bautismo, la gracia divina, y el modelo de la Iglesia como la Nueva Alianza.

 

El Bautismo de Niños (Pedobautismo): La Gracia Preventiva

La razón fundamental por la cual la Iglesia Católica y otras tradiciones históricas bautizan a los niños se centra en el concepto de la Gracia de Dios y la naturaleza del sacramento.

 

1. El Bautismo como Don y no como Respuesta (La Prioridad de la Gracia)

Mientras que el bautismo del creyente enfatiza la necesidad de la respuesta humana (la fe y el arrepentimiento), la Iglesia Católica enfatiza la iniciativa divina (la gracia).

  • Es un Don: El Bautismo es visto primariamente como el don de la vida nueva en Cristo, que libera del pecado original y hace al bautizado miembro del Pueblo de Dios. La gracia de Dios es ofrecida incondicionalmente, sin esperar la respuesta consciente del receptor.
  • La Necesidad de Salvación: La enseñanza se apoya en que todos los seres humanos nacen con la herida del pecado original. Jesús dijo: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” (Juan 3, 5). Dado que la salvación se ofrece a todos y el bautismo es el medio de entrada a la vida de la gracia, la Iglesia no debe negarlo a quienes no han podido manifestar aún su fe.
  • El Modelo de la Alianza: Históricamente, el bautismo de niños se ve como el cumplimiento del rito de la circuncisión en el Antiguo Testamento, donde el varón era incorporado al pacto con Dios a los ocho días de nacido (Génesis 17, 12). El Bautismo es el “sello” o “circuncisión de Cristo” (Colosenses 2, 11-12), y así como los niños eran incorporados al antiguo pacto por nacimiento, son incorporados al nuevo pacto (la Iglesia) por el Bautismo.

2. La Fe de la Iglesia y los Padres

En el caso de un niño que no puede creer por sí mismo, la fe requerida para el Bautismo es suplida por la fe de la Iglesia (representada por el ministro y la comunidad) y la fe de los padres y padrinos. Ellos asumen el compromiso de educar al niño en la fe, asegurando que el “don” recibido se desarrolle hasta que el niño pueda “ratificar” personalmente su fe en la Confirmación.

 

La Forma de Aspersión o Efusión: La Validez del Signo

Respecto a la forma de administrar el sacramento, aunque la inmersión es considerada la forma más completa por su simbolismo de muerte y resurrección (y de hecho es practicada a menudo), la Iglesia Católica también considera válidas la efusión (derramar agua) o la aspersión (rociar agua).

 

1. El Simbolismo de la Purificación y el Espíritu Santo

Para esta tradición, el simbolismo del Bautismo no se limita a la sepultura, sino que incluye también la purificación y la acción del Espíritu Santo.

  • El Agua como Limpieza: La acción de derramar agua representa la limpieza del alma y el lavamiento de los pecados, un simbolismo claramente bíblico.
  • El Agua como Espíritu Santo: El agua que cae sobre la cabeza también simboliza el derramamiento del Espíritu Santo sobre el creyente. Pedro dijo: “…recibirán el don del Espíritu Santo” (Hechos 2, 38). El Espíritu es el que “derrama” la gracia en el creyente.
  • Aceptación Histórica: La práctica de la aspersión o efusión se hizo común muy tempranamente, especialmente cuando las circunstancias (escasez de agua, bautismos de enfermos, persecuciones o bautismos masivos) dificultaban la inmersión. El documento cristiano conocido como la Didaché (siglo I o II d.C.) ya menciona el derramamiento de agua como una opción válida si no hay “agua corriente” o suficiente agua para la inmersión, demostrando que varias formas eran aceptadas.

 

2. El Énfasis en la Sustancia del Sacramento

Lo que da validez al Bautismo no es el volumen de agua, sino la fórmula trinitaria y el signo del agua como instrumento visible de la gracia invisible. La forma importa, pero la esencia es la acción de Dios en la persona.

En resumen: La Iglesia Católica bautiza a los niños para asegurar que reciban el don de la gracia y la pertenencia al Pueblo de Dios desde el inicio de sus vidas. El uso de la aspersión o efusión es válido porque el agua, en cualquier forma, cumple su función simbólica de purificación y derramamiento del Espíritu, siendo el factor decisivo la gracia de Dios y la intención de la Iglesia al conferir el sacramento.


 

La decisión de qué enfoque es el “más acertado” o “correcto” es, en última instancia, una conclusión de fe personal y de conciencia, guiada por el Espíritu Santo y por el estudio profundo de las Escrituras.

Ambos enfoques se basan en interpretaciones sólidas de la Biblia y han sido sostenidos por millones de creyentes a lo largo de la historia de la Iglesia, cada uno poniendo énfasis en una verdad central del Evangelio:

Enfoque Énfasis Principal Base Bíblica Fuerte Implicación Teológica
Bautismo del Creyente (por Inmersión) Respuesta del Hombre a Dios. La fe y el arrepentimiento deben preceder el rito. El orden en el Gran Mandamiento: hacer discípulos y luego bautizar (Mateo 28, 19). El simbolismo de sepultura y resurrección del griego baptizō (Romanos 6, 4). El Bautismo es un testimonio público de una salvación ya ocurrida por la fe.
Bautismo Infantil (Aspersión/Efusión) Iniciativa de Dios hacia el Hombre. La gracia es ofrecida desde el inicio de la vida. El modelo de la Alianza (la circuncisión de infantes en el AT) y la promesa de Jesús de recibir a los niños (Marcos 10, 14). La universalidad del pecado original (Juan 3, 5). El Bautismo es un sacramento de iniciación que confiere la gracia y la pertenencia a la Iglesia.

 

Acerca de Cristo-Ciencia

Acerca de Ricardo

"Donde la Fe y la Ciencia se encuentran para revelar la verdad del Creador."

Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.