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El Pacto en Cristo: La Promesa Eterna de un Dios Fiel

Fecha del Post: 12 octubre, 2025

A lo largo de las Escrituras, la palabra “pacto” (del hebreo berit y del griego diatheke) aparece una y otra vez, a menudo en momentos cruciales de la historia de la salvación. Para el creyente de hoy, esta palabra podría sonar antigua o lejana, pero su significado es tan relevante como lo fue para Abraham, Moisés o David. Un pacto, en su esencia bíblica, es un acuerdo solemne y vinculante entre Dios y el hombre, donde Dios establece las condiciones y se compromete a cumplirlas, mostrando una fidelidad inquebrantable. A diferencia de nuestros contratos humanos, que pueden ser rotos o alterados, los pactos de Dios son eternos y se basan en Su carácter perfecto.

Desde el primer pacto que Dios hizo con Noé después del diluvio, prometiendo que no volvería a destruir la tierra con agua (Génesis 9:9-11), hasta el pacto con Abraham, donde le prometió una descendencia numerosa y una tierra (Génesis 15:18), vemos un patrón claro: un Dios que toma la iniciativa de relacionarse con la humanidad. El pacto de Dios no es una respuesta a nuestro mérito, sino una manifestación de Su gracia y amor. Consideremos el pacto que Dios hizo con Israel en el monte Sinaí. A través de Moisés, Dios entregó la ley, un pacto basado en la obediencia, como leemos en Éxodo 24:7: “Y él tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos”. Este pacto, aunque fundamental para el pueblo de Israel, reveló la incapacidad del ser humano para cumplir perfectamente con los mandamientos de Dios, dejándonos en una posición de constante necesidad de perdón.

Aquí es donde el corazón del plan de Dios se revela de manera más gloriosa: la necesidad de un nuevo y mejor pacto. Los profetas del Antiguo Testamento, como Jeremías, anunciaron este nuevo acuerdo. En Jeremías 31:31-33, leemos: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres… sino que este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.” Esta profecía no habla de un pacto de obediencia externa, sino de un pacto de transformación interna.

Este nuevo pacto tiene un mediador, una figura central que lo hace posible y efectivo: Jesucristo. El autor de la carta a los Hebreos lo explica con claridad meridiana. En Hebreos 9:15 se nos dice: “Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna.” Cristo, con su muerte en la cruz, derramó su sangre, que no es sangre de toros y machos cabríos, sino la sangre del Cordero de Dios, un sacrificio perfecto y suficiente. En la última cena, Jesús mismo estableció este pacto al decir: “Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28).

El pacto que nos ofrece Jesucristo es un pacto de gracia. No depende de lo que nosotros hagamos o no hagamos, sino de lo que Él ya hizo. Es un pacto de perdón total y de una relación íntima con Dios. La ley, bajo el antiguo pacto, nos señalaba nuestros pecados y nos condenaba. El nuevo pacto, en cambio, nos ofrece un Salvador que nos justifica y nos da el poder para vivir una vida que le agrada. Es un cambio de corazón, como prometió Jeremías. El Espíritu Santo, prometido por Cristo, obra en nosotros para escribir la ley de Dios en nuestro interior, no como una carga, sino como un deseo genuino de honrar a nuestro Señor.

En nuestra vida cotidiana, el pacto de Cristo nos da seguridad y esperanza. Cuando enfrentamos dificultades, no estamos solos. El pacto nos asegura que Dios es fiel a sus promesas. Cuando fallamos, el pacto nos recuerda que tenemos un Sumo Sacerdote que intercede por nosotros y un sacrificio que nos limpia de todo pecado. Como se nos dice en Hebreos 8:6: “Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas.”

El significado bíblico del pacto nos muestra que Dios es un Dios de relación, que ha trazado un plan de redención desde el principio. Y ese plan no es una serie de pactos desconectados, sino una progresión que apunta, inexorablemente, a Jesucristo. Él es el mediador del nuevo pacto, el único camino a la salvación y el cumplimiento de todas las promesas de Dios. En Él, encontramos la seguridad, el perdón y la esperanza de una vida eterna. No se trata de cumplir reglas, sino de vivir en la promesa de un amor incondicional, sellado con la sangre del Hijo de Dios, nuestro Señor y Salvador.

 

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Acerca de Ricardo

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Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.