¿Por Qué el Camino con Cristo se Vuelve Más Difícil? La Batalla de la Vida Nueva

La decisión de seguir a Jesucristo es, sin duda, la más hermosa y trascendental que un ser humano puede tomar. Al aceptar su obra redentora en la cruz, experimentamos el inmenso alivio del perdón de nuestros pecados y la promesa de la vida eterna. Hay una paz inicial inconfundible, una alegría que el mundo no puede dar ni quitar.
Sin embargo, pasado ese gozo inicial, muchos creyentes se encuentran con una realidad desconcertante: la vida no se vuelve más fácil, sino que, en muchos sentidos, se torna más difícil. Las tentaciones parecen más feroces, las pruebas económicas y de salud se intensifican, y las relaciones personales se tensan. Surge entonces la pregunta natural y dolorosa: ¿Por qué, si estoy en el camino de Dios, todo se vuelve más complicado y me suceden cosas malas?
Esta experiencia no es una anomalía ni una señal de que se ha equivocado. Por el contrario, la Biblia católica nos enseña claramente que el sendero hacia la vida con Cristo es un camino de combate, purificación y oposición. Es una evidencia de que el Señor nos ha sacado de las tinieblas y nos ha puesto en la luz, y la luz siempre confronta a la oscuridad.
La Confrontación de los Dos Reinos
El primer y principal motivo de la dificultad es la confrontación de reinos. Antes de conocer a Cristo, el creyente vivía bajo el dominio del pecado y del mundo. Al aceptar a Jesús, se produce un traslado: somos rescatados y llevados al Reino de su Hijo amado ( 1, 13).
Pero esta liberación no es pasiva. Al comenzar a caminar en obediencia a la enseñanza de Jesús, nos convertimos en enemigos declarados de un sistema que opera en oposición a los principios divinos. El Señor mismo nos advierte sobre la naturaleza de este camino:
“Entren por la puerta angosta. Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ellos. ¡Qué angosta es la puerta y qué difícil el camino que lleva a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!” ( 7, 13-14).
La dificultad es intrínseca al camino angosto. Si la vida cristiana se volviera cómoda y popular, sería una señal de que, quizás, hemos tomado el camino equivocado. La angostura del camino implica:
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Renuncia: Debemos renunciar a las costumbres y deseos que antes nos parecían normales, pero que ofenden a Dios.
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Oposición del Mundo: Al vivir bajo los principios de Cristo (honestidad, pureza, servicio), el mundo nos considera extraños.
Jesús nos recuerda en su papel como Señor y modelo: “Si el mundo los odia, piensen que antes me ha odiado a mí” ( 15, 18). Las dificultades, el rechazo o el aislamiento por causa de nuestra fe son, de hecho, una bienaventuranza, una señal de que estamos siendo identificados con el Mesías y su verdad.
Ejemplo Práctico: Piense en un joven que decide dejar de participar en conversaciones de chismes o que se niega a copiar en un examen, a pesar de la presión de sus compañeros. De repente, es visto como un “raro” o “santurrón”. Esta persecución o dificultad social es la manifestación de que ha cruzado la puerta angosta y el mundo lo está empujando.
La Lucha Contra la Carne y el Crecimiento Espiritual
La segunda fuente de dificultad no viene de fuera, sino de dentro de nosotros: la persistente lucha contra nuestra propia naturaleza pecaminosa, a la que la Biblia llama la “carne”.
Cuando somos bautizados o hacemos una profesión de fe, la semilla del Espíritu Santo es plantada, pero el viejo hombre, la vieja mentalidad, no desaparece instantáneamente. El apóstol Pablo describe esta batalla interna con una intensidad dramática, reconociendo su propia frustración:
“Porque el querer lo tengo a mi alcance, pero no el realizar lo bueno. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso es lo que hago.” ( 7, 18-19).
Esta dificultad en la vida cristiana se experimenta como una guerra moral y espiritual. Antes, el pecado reinaba sin resistencia; ahora, el Espíritu Santo dentro de nosotros ( 6, 19) nos impulsa a la santidad, creando una fricción constante. El camino se siente difícil porque estamos luchando activamente contra nuestros hábitos y tendencias más arraigadas (pereza, ira, codicia, impaciencia).
La obra redentora de Cristo no solo nos perdona, sino que también nos santifica, un proceso gradual de purificación. Es precisamente en la dificultad y en la lucha donde nuestro carácter es forjado. La fe no se prueba en la comodidad, sino en la adversidad. El apóstol Santiago nos anima a ver esta dificultad con una nueva perspectiva:
“Considérense muy dichosos, hermanos míos, cuando se vean sometidos a diversas pruebas. Sepan que la prueba de su fe produce paciencia. Pero la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, para que ustedes lleguen a ser perfectos e íntegros, sin que les falte nada.” ( 1, 2-4).
El camino se siente difícil porque el Señor está obrando en usted para hacerlo “perfecto e íntegro”. Las cosas malas que nos suceden se convierten en herramientas en las manos del único Salvador, usadas para limar nuestras asperezas y fortalecernos.
Ejemplo Práctico: Imagine que, desde que empezó a orar y leer la Biblia, sufre de una ansiedad repentina que lo inmoviliza. Esta ansiedad, que le hace dudar, lo obliga a buscar refugio en la Palabra y a depender de Dios de una forma que nunca antes lo hizo. Está aprendiendo paciencia, perseverancia y la verdadera fe al experimentar que la gracia de Cristo le basta ( 12, 9), lo cual es un profundo crecimiento espiritual.
El Llamado al Servicio y al Sacrificio
Finalmente, el camino de Cristo es difícil porque es un camino de servicio y sacrificio, el mismo camino que recorrió nuestro Señor. La enseñanza fundamental de Jesús es la abnegación:
“El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga.” ( 16, 24).
La “cruz” no es un sufrimiento genérico de la vida, sino la disposición diaria a morir a nuestros deseos egoístas para servir a Dios y a nuestro prójimo. El sacrificio es intrínseco al amor cristiano. Cuando una persona entra al Reino, es llamada a vivir una vida de amor activo: perdonar a quienes la ofenden, orar por sus enemigos, dar generosamente de sus bienes y tiempo. Estas acciones son difíciles para la naturaleza humana.
Si antes usted podía pasar por alto el dolor de su vecino, al seguir a Cristo, el Espíritu lo conmueve a actuar. Si antes evitaba el conflicto, ahora se siente impulsado a defender la verdad o a interceder por la justicia. Este nuevo nivel de responsabilidad y empatía aumenta la carga que siente, pero es una carga que el Señor nos ayuda a llevar.
El sufrimiento en el camino de la fe tiene un propósito que va más allá de nosotros mismos: nos permite completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo ( 1, 24) por el bien de su Cuerpo, la Iglesia. Nuestra dificultad se convierte en un testimonio, en una ofrenda.
Ejemplo Práctico: La dificultad se manifiesta al tener que perdonar a un familiar que le ha herido profundamente. Es más fácil evitarlo, pero el Señor le insta a hacer el difícil camino del perdón y la reconciliación. Sentir el esfuerzo y la lucha para perdonar no significa que está fallando; significa que está ejercitando la nueva vida que tiene en Cristo, permitiendo que la gracia fluya a través de usted.
IV. Cristo: El Centro que Sostiene
La conclusión de esta verdad es que el camino es difícil, pero no lo recorremos solos.
La aparente dureza del camino cristiano no es una trampa, sino el diseño de un Dios amoroso para producir en nosotros un peso eterno de gloria que es incalculable, mientras que nuestra tribulación es ligera y pasajera ( 4, 17). El papel de Jesucristo como único Salvador y Señor es crucial aquí:
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Él lo Recorrió Primero: Jesús nos asegura que “en el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor, yo he vencido al mundo” ( 16, 33). Él padeció la cruz antes de la corona; no nos pide nada que no haya vivido.
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Su Gracia Sostiene: Él es el centro que nos fortalece. No se nos pide enfrentar la dificultad con nuestras propias fuerzas, sino con la gracia que Él nos otorga. “Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” ( 11, 30). Esta carga se hace liviana cuando es llevada con Él.
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La Esperanza Eterna: La meta es la vida eterna y la presencia del Señor en el cielo. “Las aflicciones del tiempo presente no tienen proporción con la gloria que un día se nos manifestará” ( 8, 18).
La dificultad en el camino de Dios es la evidencia de que usted está creciendo, luchando la buena batalla y siendo transformado a la imagen de Jesucristo. Persista. Él es fiel ( 1, 9) para sostenerle hasta el final.
Acerca de Ricardo
"Donde la Fe y la Ciencia se encuentran para revelar la verdad del Creador."
Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.