La Pertenencia al Reino: ¿Quién Hereda la Corona de Cristo?

El Reino de Dios. Pocas frases encierran tanta majestuosidad, misterio y promesa para el creyente. A lo largo de los siglos, la humanidad ha soñado con reinos terrenales de justicia y paz, pero Jesús vino para proclamar la llegada de una realidad eterna y trascendente, un Reino que, aunque aún no se ha manifestado en su plenitud gloriosa, está ya presente entre nosotros.
La pregunta fundamental que resuena en el corazón de todo buscador sincero es: ¿A quién pertenece este Reino? ¿Cuáles son los criterios, los requisitos, la llave de acceso a esta herencia que supera toda riqueza imaginable?
En la época de Jesús, la respuesta parecía clara para muchos: el Reino de Dios era una posesión exclusiva del pueblo de Israel, un derecho de nacimiento. Pero la obra de Cristo, Su vida, Su muerte y Su gloriosa resurrección, vinieron a redefinir radicalmente la geografía de la salvación y la ciudadanía del Reino. Él mismo, el Rey anunciado, nos dio una perspectiva ineludible sobre la pertenencia.
El Criterio Revolucionario: La Fe en Cristo Jesús
El Apóstol Pablo, el gran heraldo de las naciones, lo explica con una claridad que desmantela cualquier pretensión humana. Él dirige su enseñanza a los gálatas, una comunidad que luchaba por comprender si las viejas leyes y costumbres seguían siendo el camino hacia Dios. Su conclusión es un golpe de gracia a la autosuficiencia religiosa y un grito de libertad:
«…pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos.» (Gálatas 3:26-27)
Aquí reside el núcleo de la pertenencia. No se trata de la sangre que corre por nuestras venas, la nación a la que servimos, el idioma que hablamos o el estatus social que ostentamos. La única divisa válida en el Reino es la fe en Jesucristo. Es esta fe la que nos adopta, la que nos hace participar de la vida del Hijo.
Imaginemos a un niño huérfano que vive en la calle, sin nombre ni herencia. Un rey generoso lo ve y, movido por el amor, decide adoptarlo, no como un sirviente, sino como un hijo legítimo. Desde ese momento, el pasado del niño es borrado; su identidad y su destino cambian por completo. Ya no depende de su origen, sino de la decisión inmerecida de su nuevo padre.
De manera infinitamente más profunda, la fe en Cristo es el acto por el cual el Padre celestial nos “adopta”. Somos constituidos hijos de Dios, no por mérito, sino por el regalo de la fe en el Hijo amado. Al ser bautizados en Cristo, como dice Pablo, somos revestidos de Él. No se trata de ponernos una prenda de vestir pasajera, sino de asumir una nueva identidad. Cristo es nuestro nuevo traje, nuestro sello de pertenencia. Cuando el Padre nos mira, Él ve a Su Hijo en nosotros.
Derrumbando las Barreras: Una Herencia Sin Exclusividad
El anuncio de Pablo no se detiene en la adopción; avanza para demoler toda pared de separación construida por el hombre:
«Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.» (Gálatas 3:28-29)
Piensa en las categorías que dominan nuestro mundo: raza, economía, género. Estas son las líneas divisorias que causan conflicto y exclusión en la sociedad. Sin embargo, en el Reino de Cristo, estas categorías son irrelevantes para la salvación. El evangelio unifica.
El judío y el griego representaban las dos grandes divisiones religiosas y culturales del mundo antiguo: el pueblo elegido y las naciones paganas. El esclavo y el libre marcaban el abismo de la desigualdad social y económica. El varón y la mujer eran las distinciones fundamentales del género. Pero el poder de la fe en Jesús, el único y universal Salvador, convierte todas estas divisiones en un glorioso “uno en Cristo Jesús”.
El Reino no es la herencia de un grupo étnico (el judío), ni de una élite social (el libre), ni de un solo género (el varón). El Reino es la herencia de todo aquel que es de Cristo. Al ser de Cristo, somos automáticamente incorporados al linaje espiritual de Abraham, el padre de la fe. ¡Somos herederos según la promesa!
La Responsabilidad del Reino: Dar Frutos
Si la puerta del Reino es la fe en Cristo, y esta puerta está abierta a todo el mundo, ¿significa esto que la pertenencia es automática y no requiere una respuesta de vida? Absolutamente no. Jesucristo fue muy claro al advertir sobre la superficialidad de una pertenencia nominal. Hablando a aquellos que pensaban tener derecho al Reino por su linaje o posición, les lanzó una advertencia profunda:
«Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él.» (Mateo 21:43)
El Reino no es un título nobiliario inactivo; es una encomienda, un campo que requiere cultivo. Los primeros destinatarios de la promesa, al no acoger a Cristo, el Mesías, y al no vivir conforme a la justicia y la misericordia que Él enseñaba, vieron cómo su privilegio les era arrebatado. Este pasaje nos recuerda que la ciudadanía en el Reino implica una responsabilidad intrínseca: la de producir sus frutos.
¿Cuáles son esos frutos? El amor incondicional, la justicia, la misericordia, la santidad, el servicio desinteresado. El Reino de Dios es dado a una “gente” —un nuevo pueblo de Dios, constituido por la fe, como vimos en Gálatas— que se distingue por su manera de vivir.
Si en nuestra vida cotidiana nos comportamos con egoísmo, dureza de corazón, falta de perdón o indolencia ante la necesidad, estamos mostrando una desconexión entre nuestra fe declarada y los frutos esperados del Reino. Un árbol que no da el fruto esperado es, a los ojos del Dueño del huerto, inútil. La fe verdadera en Cristo es una fe viva, activa, que se evidencia en las obras de amor que realizamos por la gracia que hemos recibido.
La Gracia: El Fundamento de Todo
Llegados a este punto, donde se nos pide dar frutos, podría surgir la tentación de caer en el legalismo o en el miedo de no “hacer lo suficiente” para merecer el Reino. Aquí es donde la Palabra de Dios nos devuelve al glorioso centro de nuestra salvación, asegurando la paz de nuestros corazones:
«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;» (Efesios 2:8)
El acceso al Reino, la adopción como hijos, el revestimiento de Cristo, la herencia prometida, la capacidad de dar frutos… todo se origina en la gracia. La salvación no es una meta que alcanzamos por nuestro esfuerzo, sino un don que se nos ofrece gratuitamente. Es la bondad inmerecida de Dios manifestada plenamente en Jesucristo.
La fe no es el mérito que pagamos, sino la mano vacía con la que recibimos el regalo.
Si el Reino fuera un salario, siempre nos faltaría dinero. Pero el Reino es un regalo, y nuestro único requisito es tener la humildad de aceptarlo y la convicción de que solo Cristo lo hizo posible. La fe es la respuesta de nuestro corazón a la obra redentora de Jesús.
Ejemplo Práctico:
Piensa en una persona que decide servir como voluntario en una comunidad muy pobre. Su motivación principal no es ganar una recompensa ni ser famoso, sino que es movido por una profunda gratitud por la salud, las bendiciones y la paz que ha encontrado. Sus obras de caridad son la expresión natural de una vida que ha sido tocada y transformada por el amor de Cristo. Él da frutos porque ha recibido la vida. La pertenencia al Reino no se compra con el servicio, sino que el servicio se convierte en la señal visible de la pertenencia adquirida por gracia.
Conclusión: Cristo, el Único Heredero y Donador del Reino
En resumen, la pertenencia al Reino de Dios no es una cuestión de linaje, estatus o cumplimiento legal, sino una realidad que se fundamenta en la persona de Jesucristo.
- Él es la Llave: Nos hace hijos de Dios y herederos al revestirnos con Su propia identidad (Gálatas 3:26-27).
- Él es el Puente: Elimina toda división, haciendo a todos los creyentes uno en Él (Gálatas 3:28).
- Él es el Camino: Nos llama a manifestar el Reino a través de una vida que produce frutos dignos (Mateo 21:43).
- Él es la Fuente: Todo esto nos es dado por la gracia divina a través de la fe, un don de Dios (Efesios 2:8).
Jesucristo es, por derecho, el Rey de este Reino, y solo uniéndonos a Él por la fe, nos convertimos en herederos. La invitación está abierta a “gente” de toda nación, de toda clase social y de todo género, siempre y cuando acojan el don de la salvación en el Hijo unigénito y se comprometan a manifestar los valores de Su Reino en su peregrinaje terrenal. El Reino no pertenece a los que se creen merecedores, sino a los que confían enteramente en el único Salvador y Señor.
Acerca de Ricardo
"Donde la Fe y la Ciencia se encuentran para revelar la verdad del Creador."
Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.