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Cómo la Redención de Cristo Nos Libra del Castigo Eterno

Fecha del Post: 31 octubre, 2025

La Sagrada Escritura, Palabra de Dios viva y eficaz, no solo nos revela la inmensidad del amor divino, sino que también nos presenta con total claridad la seriedad de nuestra existencia y las consecuencias eternas de nuestras decisiones. Si bien es inmensamente más dulce meditar en el gozo del Cielo y la infinita ternura del Salvador, la Biblia, en boca del propio Jesucristo, también aborda una realidad ineludible y solemne: el castigo eterno, comúnmente denominado infierno.

No podemos ser redactores cristianos honestos y centrados en la verdad de Cristo si evitamos las partes del mensaje que pueden resultar incómodas. Jesús, quien es la Verdad (cf. Juan 14, 6), habló en numerosas ocasiones sobre la existencia de un destino trágico para aquellos que libremente y hasta el final de sus vidas rechazan Su amor y Su ofrecimiento de salvación. Su propósito al hacerlo no era aterrorizar, sino advertir por amor y motivar a Sus oyentes a abrazar con fervor el único camino que lleva a la Vida.

 

La Seriedad de la Advertencia de Cristo

Es significativo notar que muchas de las referencias más claras y explícitas sobre el castigo eterno provienen de los labios de nuestro Señor. Él utiliza imágenes fuertes y vívidas para asegurar que Sus discípulos comprendan la gravedad de lo que está en juego.

Una de las imágenes más recurrentes es la del “fuego eterno” o “fuego inextinguible”. En el pasaje sobre el Juicio Final, Cristo describe la separación de la humanidad de la siguiente manera:

“Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles’… E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.” (Mateo 25, 41.46)

Aquí, el Maestro establece un contraste directo entre la “vida eterna” ofrecida a los justos y el “castigo eterno” destinado a los que se autoexcluyen por su rechazo al servicio y al amor a Dios manifestado en el prójimo. La palabra “eterno” ( en griego) se aplica a ambos destinos, indicando que el castigo, al igual que la vida bienaventurada, no tendrá fin.

En otra enseñanza solemne, Jesús utiliza la figura de la Gehenna, que era un valle cerca de Jerusalén donde antiguamente se quemaba la basura, para simbolizar el lugar de la condenación:

“Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la Gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la Gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la Gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.” (Marcos 9, 43. 45. 47-48)

La intensidad de esta advertencia subraya la inestimable valía de la Vida Eterna en Cristo. Jesús no nos pide que nos mutillemos literalmente, sino que seamos radicales en la lucha contra el pecado que nos aparta de Él, el Pecado que es la verdadera “gangrena” del alma. La imagen del “gusano que no muere y el fuego que no se apaga” (citando a Isaías 66, 24) recalca la naturaleza perenne y consciente del sufrimiento.

 

La Pena Principal: La Separación de Cristo

Más allá de las imágenes de fuego y tormento, la Biblia enseña que el núcleo del infierno es la separación eterna de Dios, quien es la Fuente de toda vida, amor y felicidad. Es la dolorosa y consciente autoexclusión de la comunión con el Creador, el Bien infinito para el cual fuimos creados.

El mismo Cristo lo expresa de forma contundente:

“Muchos vendrán de oriente y occidente, y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos; en cambio, los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.” (Mateo 8, 11-12)

Las “tinieblas de fuera” representan la ausencia total de la Luz de Dios. Piensen, por un momento, en una persona que ha vivido anhelando un reencuentro familiar muy importante. Que ha viajado miles de kilómetros. Al llegar, se da cuenta de que la puerta está cerrada y que ella misma eligió quedarse afuera. El dolor no sería tanto la incomodidad física de la calle, sino el desgarro de saber que ha perdido el banquete, la comunión, la presencia amada, por su propia obstinación o negligencia. Esa es la pena de daño: el alma ve a Dios en el juicio y se sabe para siempre impedida de Su Rostro.

La Biblia nos recuerda que Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Timoteo 2, 4). Él no goza con la perdición de nadie, sino que invita constantemente: “Vivo yo… que no quiero la muerte del impío, sino que el impío se convierta de su camino, y viva” (Ezequiel 33, 11). Por lo tanto, el infierno no es una venganza caprichosa de un Dios iracundo, sino el resultado final y libremente elegido por la criatura que se niega a arrepentirse y persevera en el pecado mortal hasta el final, cerrando voluntariamente su corazón al Amor que le da la vida. Es la justicia que respeta la libertad humana llevada a su máxima y terrible consecuencia.

 

Cristo: El Único Salvador y Vía de Escape

La doctrina del infierno nos lleva inevitablemente al centro de la fe cristiana: la obra redentora de Jesucristo. Sin esta verdad de la condenación eterna, la Cruz pierde su sentido de urgencia y su poder absoluto. ¿De qué venimos a ser salvados si no existe una amenaza real y eterna?

Jesús no solo nos advirtió sobre la Gehenna, sino que descendió a la tierra precisamente para librarnos de ella. Él es el único camino, la única puerta para evitar ese destino de autoexclusión.

“Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.” (Juan 3, 16-17)

La advertencia del infierno se transforma en la más grande invitación a la fe: Cree en Cristo y serás salvo. Él se hizo “maldición por nosotros” (Gálatas 3, 13), cargando sobre Sí mismo el peso de nuestros pecados para que nosotros pudiéramos recibir la Vida Eterna. Su Pasión y Muerte fue el precio supremo pagado para anular la sentencia de separación definitiva.

¿Cómo aplicamos esta verdad a nuestra vida diaria?

  1. Responsabilidad en la Lucha contra el Pecado: Entender la gravedad del infierno nos impulsa a tomar en serio la llamada de Cristo a la santidad. Cuando enfrentamos la tentación de mentir en el trabajo, de ser injustos con un familiar, o de albergar rencor, debemos recordar las palabras del Señor en Marcos 9, 43 (la radicalidad contra la ofensa). Esto no nos sumerge en el miedo paralizante, sino en la vigilancia amorosa y la confianza activa en la gracia que Cristo ganó para nosotros.
  2. Urgencia en la Misión: Saber que hay una posibilidad de perdición nos convierte en instrumentos más fervientes de la misión de Cristo. Así como un bombero se lanza a un incendio para rescatar vidas, el creyente es llamado a compartir la “Buena Nueva” de la salvación de Cristo (cf. Romanos 10, 14-15), no con juicio, sino con la compasión que nace de reconocer que todos estamos en el mismo camino y necesitamos del mismo Salvador.
  3. El Inmenso Valor de la Misericordia de Cristo: La verdad del castigo eterno resalta la inefable grandeza de la misericordia de Cristo, manifestada en el sacramento del perdón. No importa cuántas veces hayamos caído, si nos volvemos a Él con un corazón arrepentido, Él es “fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y purificarnos de toda iniquidad” (1 Juan 1, 9). La certeza del infierno nos hace valorar cada día de vida como una inmensa oportunidad de conversión y de permanecer unidos a la vid que es Cristo (cf. Juan 15, 5).

El infierno es la negación de Dios; Cristo es la afirmación de la Vida. Él es nuestra única esperanza de gloria (cf. Colosenses 1, 27) y nuestra única liberación de la condenación (cf. Romanos 8, 1). Meditar en la seriedad de la advertencia de Cristo nos lleva, de la mano de Su gracia, a caminar con mayor diligencia y amor por el camino angosto que Él mismo nos abrió. Él es el Pastor que da la vida por sus ovejas (cf. Juan 10, 11), y al seguirlo a Él, estamos seguros.

Jesucristo y la Descripción del Castigo Eterno

La figura de Jesucristo, nuestro Salvador y Maestro, es el foco central de toda la Revelación. Él no solo nos mostró el camino al Padre, sino que, en Su infinita sabiduría y amor preventivo, nos advirtió con claridad sobre el camino que lleva a la perdición. La descripción bíblica del castigo eterno, que llamamos infierno, se encuentra de forma más explícita en el Nuevo Testamento, particularmente en los Evangelios, y está cargada de simbolismo cuyo propósito es doble: subrayar la gravedad del pecado mortal y glorificar la inmensidad de Su obra redentora.

La Biblia utiliza principalmente tres términos griegos en el Nuevo Testamento que se relacionan con el destino de los condenados: Hades (el reino de los muertos), Tartaroo (usado en 2 Pedro 2, 4 para el lugar de castigo de ciertos ángeles caídos) y, la más específica y frecuentemente usada por Jesús, la Gehenna.

Gehenna es una palabra derivada del hebreo Gai ben Hinnom (Valle de Hinnom), un lugar real a las afueras de Jerusalén donde antiguamente se realizaban sacrificios paganos y, en tiempos de Jesús, se había convertido en el basurero de la ciudad, donde ardían constantemente fuegos y donde la corrupción era constante. Al usar esta imagen, Jesús la eleva a símbolo de la ruina final y total.

 

I. El Fuego Devorador: Un Sufrimiento Consciente y Activo

La imagen más recurrente y la que evoca mayor temor es la del fuego. Cristo la usa para describir la pena de sentido, es decir, el sufrimiento infligido a las almas y, después de la resurrección, a los cuerpos de los condenados.

1. Fuego Inextinguible y Eterno

Jesús es categórico al describir este fuego como eterno, dándole el mismo calificativo de perpetuidad que usa para la vida bienaventurada:

“Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.’ E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.” (Mateo 25, 41. 46)

La eternidad del castigo subraya que, una vez que el alma se ha fijado irrevocablemente en el rechazo a Dios al momento de la muerte, no hay retorno ni fin a esa elección. En el Evangelio de Marcos, la descripción se intensifica:

“…ser arrojado a la Gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.” (Marcos 9, 48)

El fuego que no se apaga y el gusano que no muere (una alusión a Isaías 66, 24) no solo hablan de dolor físico sino de un tormento moral y existencial continuo, un remordimiento y una desesperación que no cesan. Es el alma dándose cuenta perpetuamente del Bien Infinito que ha perdido.

 

2. Horno de Fuego

En Sus parábolas, Cristo describe el lugar de la condenación con esta poderosa metáfora industrial, relacionada con el procesamiento y desecho:

“…y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.” (Mateo 13, 42. 50, en la parábola de la cizaña y de la red).

El “llanto y el rechinar de dientes” es una frase clave y recurrente en los Evangelios (cf. Mateo 22, 13; 24, 51; Lucas 13, 28). Significa dolor extremo, desesperación, rabia y arrepentimiento inútil, el reconocimiento forzoso de la propia culpa sin la posibilidad de reparación. Es la agonía de la voluntad que se encuentra atrapada en su propia negación de la Fuente de la alegría.

 

II. Las Tinieblas de Fuera: La Desolación de la Ausencia

El fuego implica calor y luz, pero la Biblia también describe el infierno con una imagen opuesta: la oscuridad más profunda. Esta es la imagen central de la pena de daño, la pérdida de Dios mismo.

1. Autoexclusión de la Luz

Jesús usa la parábola del banquete de bodas para describir la suerte del invitado que no llevaba el traje apropiado (Mateo 22, 11-13) y la parábola de los talentos para el siervo inútil (Mateo 25, 30):

“Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.'” (Mateo 22, 13)

“…y el siervo inútil será arrojado a las tinieblas de fuera.” (Mateo 25, 30)

Las “tinieblas de fuera” están en contraste directo con la luz y el gozo del banquete nupcial del Reino. Es la condición de estar fuera de la casa, de la comunión, del calor, de la alegría. En el lenguaje bíblico, Dios es Luz (1 Juan 1, 5) y Vida. Estar en las tinieblas es estar donde Su presencia vivificante no ilumina ni consuela. Es una descripción perfecta de la separación eterna de Dios, el mayor castigo posible para el alma que fue creada para Él.

 

III. El Lago de Fuego y Azufre: La Descripción Apocalíptica

 

El último libro de la Biblia, el Apocalipsis de San Juan, nos ofrece la visión más intensa y final del castigo, refiriéndose a él como el “lago de fuego y azufre”:

“Y la Bestia fue apresada, y con ella el Falso Profeta… Los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre.” (Apocalipsis 19, 20)

Más adelante, se describe el destino final de aquellos cuyos nombres no se hallan en el Libro de la Vida:

“Y la Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego. Ésta es la segunda muerte: el lago de fuego. Y el que no se halló inscrito en el Libro de la Vida fue arrojado al lago de fuego.” (Apocalipsis 20, 14-15)

El fuego se describe ardiendo con azufre (algo que en la antigüedad se asociaba con la aniquilación divina, como en Sodoma y Gomorra), y es llamado la “segunda muerte”. Esto sugiere una destrucción total y definitiva, no del ser, sino del sentido y propósito de la vida, que es la comunión con Dios. El Apocalipsis asegura que el tormento de los condenados será “día y noche por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 20, 10), confirmando la eternidad inmutable del castigo.

 

La Conclusión Centrada en Cristo: El Rescate Divino

Todas estas descripciones —fuego, gusano, llanto, tinieblas, azufre— nos sirven de severo recordatorio de que el pecado tiene un peso infinito, pues ofende a un Dios infinito, y su consecuencia, si no es redimida, es la ruina eterna.

Pero el propósito final de la Escritura no es que nos quedemos aterrorizados ante la Gehenna, sino que volvamos la mirada al Único que nos libra de ella: Jesucristo.

Nuestro Señor no solo describió la amenaza, sino que se ofreció a Sí mismo como el puente infranqueable sobre el abismo. Él es el “Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14, 6), y al vivir en Su gracia, obedeciendo Su mandamiento del amor y perseverando en la fe, la Gehenna pierde todo poder sobre nosotros.

“Porque la paga del pecado es la muerte; en cambio, el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.” (Romanos 6, 23)

Jesucristo, con Su vida perfecta y Su sacrificio redentor, tomó sobre Sí la pena de muerte y la separación (cf. Mateo 27, 46, al gritar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”), para que aquellos que crean y vivan en Él no experimenten la segunda muerte.

El infierno es la eterna desolación de la ausencia de Cristo; el Cielo es la inefable plenitud de Su presencia. La decisión de cada día es vivir en Él para asegurar nuestra morada con Él para siempre.

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Acerca de Ricardo

"Donde la Fe y la Ciencia se encuentran para revelar la verdad del Creador."

Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.