El Corazón del Reino: Una Inmersión en el Sermón de la Montaña

La figura de Jesucristo emerge en las páginas de los Evangelios no solo como un hacedor de milagros o un profeta, sino como el Maestro por excelencia. Y de todas sus enseñanzas, hay un discurso que se erige como la cumbre de su revelación: el Sermón de la Montaña (registrado primariamente en el Evangelio de San Mateo, capítulos 5, 6 y 7, y con paralelos en San Lucas 6, 20-49). Este no es un mero conjunto de reglas; es la Constitución del Reino de Dios, el retrato del discípulo y el camino a la plenitud.
La Audiencia y el Contexto: Un Nuevo Monte Sinaí
Para entender la magnitud del Sermón, debemos ubicarnos. Jesús sube a un monte – un acto cargado de simbolismo para el pueblo de Israel. Rememora a Moisés en el Sinaí, recibiendo la Ley de la Antigua Alianza. Pero ahora, es Jesús, el Hijo de Dios, quien desciende del Padre para entregar la Ley de la Nueva y Eterna Alianza. Él no viene a abolir la Ley anterior, sino a llevarla a su plenitud, a su significado más profundo y radical. Como él mismo afirma:
“No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos, sino a llevarlos a su plenitud.” (Mateo 5, 17).
Esta enseñanza está dirigida a sus discípulos, pero la multitud también escucha. Es un llamado a un cambio de paradigma total en la relación con Dios y con el prójimo.
Las Bienaventuranzas: El Retrato del Discípulo (Mateo 5, 3-12)
El Sermón comienza con la declaración más sorprendente y esperanzadora: las Bienaventuranzas (del latín beatus, que significa “feliz” o “dichoso”). Jesús invierte los valores del mundo. La felicidad no se encuentra en el poder, la riqueza o la comodidad, sino en la vulnerabilidad y la entrega a Dios.
Jesús se sentó, y abriendo la boca, les enseñaba diciendo:
1. Jesús, al ver toda aquella muchedumbre, subió al monte. Se sentó y sus discípulos se reunieron a su alrededor.
2. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba diciendo:
3. «Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
4. Felices los que lloran, porque recibirán consuelo.
5. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
6. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
7. Felices los compasivos, porque obtendrán misericordia.
8. Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios.
9. Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios.
10. Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
11. Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias.
12. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de ustedes.
(Mateo 5, 3-12).
Analicemos algunas de ellas para entender su radicalidad:
- Pobres de espíritu: Ser “pobre de espíritu” no es necesariamente carecer de bienes materiales, sino reconocer con humildad nuestra total dependencia de Dios. Es vaciarse del orgullo y de la autosuficiencia para que Cristo pueda llenarnos. ¿Un ejemplo práctico? Cuando en lugar de intentar resolver un problema solo con nuestras fuerzas, reconocemos nuestra limitación y elevamos una oración, confiando en Su providencia.
- Los que lloran: Se refiere al dolor por el pecado (propio y del mundo), y las penas de la vida. Es un dolor que, vivido en la fe, no es estéril; es un dolor que nos acerca al Padre y nos prepara para recibir el Consuelo del Espíritu Santo.
- Los mansos: La mansedumbre no es debilidad, sino fuerza controlada por el amor. Es la capacidad de no reaccionar con ira o venganza ante la ofensa, siguiendo el ejemplo del Cordero de Dios. Es la virtud de quien tiene poder sobre sí mismo.
- Hambre y sed de justicia: Esta justicia no es solo la humana, sino la santidad y la rectitud que solo Dios puede dar. Desearla ardientemente es desear la vida de Cristo.
- Los misericordiosos: Es reflejar el amor incondicional del Padre. En nuestra vida cotidiana, esto se traduce en perdonar a quienes nos hieren o ayudar a quienes lo necesitan, incluso cuando no lo “merecen”. Recibir misericordia de Dios está intrínsecamente ligado a la capacidad de ser misericordiosos con el prójimo.
Las ocho Bienaventuranzas dibujan un camino de vida interior profunda y compromiso radical con la justicia y la paz. Muestran que la verdadera alegría (la beatitud) se encuentra en vivir la vida de Cristo.
La Plenitud de la Ley: Del Exterior al Corazón (Mateo 5, 13-48)
Tras establecer el ideal del discípulo, Jesús define su misión en el mundo y la profundidad de la nueva Ley.
Luz del Mundo y Sal de la Tierra (Mateo 5, 13-16)
Jesús declara que sus seguidores son la “Sal de la Tierra” y la “Luz del Mundo”.
- Sal: Los creyentes deben preservar el mundo de la corrupción (como la sal preserva los alimentos) y dar sabor a la vida.
- Luz: El discípulo debe iluminar el camino con sus buenas obras, no para buscar gloria personal, sino para que el Padre celestial sea glorificado.
“Así debe brillar ante los hombres la luz de ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo.” (Mateo 5, 16).
La Ley Interiorizada: Más Allá del Cumplimiento Externo
Jesús aborda la Ley de Moisés (“Han oído que se dijo…”) y la lleva a una nueva dimensión (“Pero yo les digo…”). Este es el núcleo de su enseñanza revolucionaria. La Ley ya no es solo una norma externa, sino que debe transformar el corazón.
- De la Ira al Amor Fraterno (Mateo 5, 21-26): No basta con no asesinar; el odio o la ira contra un hermano ya violan el espíritu del mandamiento. Jesús nos llama a la reconciliación activa incluso antes de acercarnos al altar para orar. Si tienes un conflicto, ve y arréglalo primero.
- De la Lujuria a la Pureza del Corazón (Mateo 5, 27-30): No es suficiente evitar el adulterio físico; el deseo impuro en el corazón ya es un acto pecaminoso. Aquí, Jesús nos invita a la custodia de la mirada y del pensamiento, buscando la pureza total.
- El Amor a los Enemigos (Mateo 5, 43-48): Este es quizás el mandamiento más radical. La antigua Ley permitía amar al prójimo y odiar al enemigo. Jesús rompe esta barrera:
“Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos del Padre de ustedes que está en el cielo.” (Mateo 5, 44-45).
Este llamado a amar incondicionalmente, incluso a quienes nos hacen daño, es el sello distintivo del discipulado cristiano. Es el acto de imitar al Padre, que hace salir el sol sobre justos e injustos.
La Verdadera Piedad: Sinceridad y Confianza (Mateo 6)
En el capítulo 6, Jesús purifica las prácticas religiosas fundamentales de su tiempo (limosna, oración y ayuno), condenando la hipocresía y el deseo de ser visto por los hombres.
Limosna, Oración y Ayuno en Secreto (Mateo 6, 1-18)
Jesús insiste en que las obras de piedad deben hacerse con sinceridad y por amor a Dios, no por la vanagloria:
- Limosna (Mateo 6, 1-4): Debemos dar “en secreto”, sin tocar trompetas. La recompensa debe venir del Padre, no de los aplausos humanos.
- Oración (Mateo 6, 5-15): Jesús condena la “charla vana” o la repetición mecánica de palabras. Nos llama a la intimidad con el Padre en el silencio del corazón (la “habitación cerrada”). Es aquí donde nos enseña la oración fundamental: el Padre Nuestro (Mateo 6, 9-13), el modelo de toda oración cristiana, que nos enseña a pedir por el Reino, el pan y el perdón.
- Ayuno (Mateo 6, 16-18): El ayuno debe ser una ofrenda a Dios, no una exhibición de piedad.
La Confianza en el Padre: Superando la Ansiedad (Mateo 6, 19-34)
Jesús pasa de la piedad a la vida cotidiana, abordando dos grandes peligros: el apego a las riquezas y la ansiedad por el futuro.
- Tesoros en el Cielo (Mateo 6, 19-21): Nos exhorta a no acumular tesoros en la tierra, que son perecederos, sino en el cielo. “Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.” Nuestro corazón siempre busca su tesoro; Jesús es el tesoro que no se corrompe.
- Servir a un Solo Señor (Mateo 6, 24): No se puede servir a dos amos: a Dios y a las riquezas. La decisión es clara: Cristo debe ser el único Señor de nuestra vida.
- La Preocupación (Mateo 6, 25-34): Jesús nos invita a mirar los lirios del campo y las aves del cielo. Si el Padre cuida de ellos, ¿cuánto más cuidará de nosotros? La ansiedad es una falta de confianza. La solución es priorizar el Reino:
“Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.” (Mateo 6, 33).
La Práctica: El Discípulo en Acción (Mateo 7)
El Sermón concluye con enseñanzas prácticas sobre el discernimiento y una advertencia final.
Juzgar y Pedir (Mateo 7, 1-12)
Jesús nos prohíbe el juicio condenatorio al prójimo. Antes de ver la “paja” en el ojo del hermano, debemos quitar la “viga” del nuestro. Este es un llamado a la autocrítica honesta y a la humildad.
Luego, nos anima a la oración perseverante y confiada:
“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.” (Mateo 7, 7).
El Camino Estrecho y los Frutos (Mateo 7, 13-23)
Jesús traza dos caminos: la Puerta estrecha (el camino de la renuncia, el sacrificio y el seguimiento radical) que lleva a la Vida, y la Puerta ancha (el camino de la complacencia mundana) que lleva a la perdición. El discipulado no es fácil, requiere esfuerzo y decisión.
Advierte sobre los falsos profetas que vienen con “piel de oveja” pero son lobos rapaces. ¿Cómo reconocerlos? Por sus frutos. La fe debe ser visible en la transformación de la conducta.
El Fundamento Sólido: Oír y Practicar (Mateo 7, 24-27)
El Sermón culmina con la poderosa parábola del constructor sabio y el necio.
- El sabio es quien oye las palabras de Jesús y las pone en práctica. Construye su casa (su vida) sobre la roca (Cristo).
- El necio es quien oye las palabras pero no las practica. Construye sobre la arena.
Cuando vengan las tormentas de la vida (las pruebas, las dificultades), solo el fundamento en Cristo, Palabra viva y Obra redentora, resistirá. No basta con la emoción religiosa o el conocimiento; la obediencia activa a su enseñanza es el único camino a la salvación.
Cristo, Nuestro Fundamento y Maestro
El Sermón de la Montaña es el espejo donde el creyente debe mirarse a diario. Muestra a Jesucristo como el único Maestro que no solo nos da una Ley, sino que nos da la Gracia para vivirla. Él nos invita a una vida donde la ética se convierte en espiritualidad, y la fe se traduce en amor radical: el amor que perdona, sirve y confía.
Cristo es el centro de este Sermón. Él es el pobre de espíritu que se vació, el manso que no respondió a la violencia, el que lloró por nuestros pecados, y el que, con su propia vida y muerte redentora en la Cruz, construyó el fundamento eterno sobre la Roca que es Él mismo. Él no solo nos mostró el camino de la felicidad, sino que es el Camino (Juan 14, 6) que nos lleva al Padre. Sigamos, pues, sus enseñanzas, para que al final de nuestra jornada, nuestra casa permanezca firme sobre la Roca de nuestra salvación.
“Cuando Jesús terminó este discurso, la gente estaba asombrada de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas.” (Mateo 7, 28-29).
Acerca de Ricardo
"Donde la Fe y la Ciencia se encuentran para revelar la verdad del Creador."
Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.