La Urgencia y el Poder de Proclamar al Cristo Crucificado

La vida cristiana, en su esencia más pura y radical, es una vida centrada en una Persona: Jesucristo. Él no es solo una figura histórica, un gran maestro moral, o un profeta relevante; Él es el Hijo de Dios vivo, el único mediador entre Dios y los hombres, el Cordero que quita el pecado del mundo, y el Señor resucitado.
Si esto es verdad –y la fe de la Iglesia a lo largo de los siglos así lo afirma–, entonces la tarea más trascendental que se nos ha encomendado es la de hacer que Su Nombre y Su obra sean conocidos por todos los rincones de la Tierra. No se trata de una campaña publicitaria, ni de una simple difusión de ideas; se trata de la predicación: la solemne, urgente y poderosa proclamación del Evangelio de Jesucristo.
La Predicación: Mandato y Corazón del Discipulado
La importancia de la predicación de Jesucristo no surge de una estrategia eclesiástica o de una tradición humana; nace directamente del labio de nuestro Señor. Tras Su gloriosa resurrección, antes de ascender a la diestra del Padre, Jesús entregó a Sus discípulos la orden fundamental que define la misión de la Iglesia hasta Su segunda venida. Este es el mandato que conocemos como la Gran Comisión.
En el Evangelio de Mateo, encontramos la instrucción precisa: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mateo 28, 19-20).
Observemos la magnitud de este encargo. No es una sugerencia, sino un imperativo universal: “Id”. No se limita a un grupo selecto de apóstoles, sino que se extiende a “todas las gentes” –un llamado a la universalidad–. Y el objetivo final no es solo informar, sino “hacer discípulos”, personas cuya vida y corazón estén moldeados por la enseñanza y la persona de Cristo. La predicación es, por lo tanto, el vehículo primario para cumplir con esta misión.
De igual manera, el Evangelio de Marcos subraya el contenido del mensaje: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Marcos 16, 15-16). Aquí se establece una conexión vital: la predicación del Evangelio es la única vía ofrecida a la humanidad para alcanzar la salvación y escapar de la condenación. Si el destino eterno de una persona depende de su respuesta al Evangelio, la predicación se convierte en el acto más urgente y caritativo que podemos realizar.
El Contenido Central: Cristo Crucificado y Resucitado
Para el redactor cristiano, el contenido de la predicación debe ser innegociable: Jesucristo y Su obra. El Apóstol San Pablo lo entendió y lo declaró con una claridad que nos sigue interpelando hoy.
En la Primera Carta a los Corintios, Pablo confronta la tentación de buscar mensajes sofisticados, argumentos humanos o filosofías de moda. Él afirma rotundamente: “Pues yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con la elocuencia de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios. Porque no quise saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y este crucificado” (1 Corintios 2, 1-2).
Esta declaración es el corazón de toda predicación cristiana genuina. El mensaje no es nuestra moralidad, nuestra piedad, o nuestra estructura; es Cristo crucificado.
- Cristo Crucificado: Significa el reconocimiento de la realidad del pecado humano y la necesidad de una expiación. La cruz es el lugar donde el Hijo de Dios, siendo inocente, cargó sobre Sí el castigo que merecíamos. Es la suprema manifestación del amor incondicional de Dios: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3, 16).
- Cristo Resucitado: La predicación de la cruz carecería de poder sin la verdad de la resurrección. La resurrección es la confirmación de que el sacrificio de Jesús fue aceptado, la victoria sobre la muerte y el fundamento de nuestra esperanza. Como dice Pablo en Romanos: “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, serás salvo” (Romanos 10, 9).
El contenido de nuestra predicación es, pues, el Kerigma: la alegre y poderosa noticia de la muerte sacrificial de Jesús por nuestros pecados y Su resurrección victoriosa para nuestra justificación.
El Poder de la Palabra Anunciada
¿Por qué es tan fundamental la predicación y no simplemente la lectura individual o la reflexión silenciosa? Porque es en la proclamación donde reside un poder divino único que mueve el corazón humano.
Pablo lo explica en la Carta a los Romanos, al establecer una cadena inquebrantable de la salvación: “Porque todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados?” (Romanos 10, 13-15).
Esta secuencia nos revela que la fe salvadora es producida por la audición, y la audición, a su vez, es producida por la predicación. La predicación de Cristo es el instrumento que el Espíritu Santo utiliza para obrar el milagro de la fe en el corazón del oyente. El mismo Pablo lo testifica: “La fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo” (Romanos 10, 17).
Cuando un creyente, en obediencia a Cristo, abre su boca y proclama la verdad del Evangelio, está participando en una obra sobrenatural. La palabra humana se convierte en portadora del poder de Dios.
Ejemplo Práctico: Pensemos en un compañero de trabajo que atraviesa una crisis. Podemos ofrecerle consejos bienintencionados (y es bueno hacerlo), pero la ayuda más profunda es llevarle a la fuente. Cuando en medio de su dolor le recordamos que Cristo es el “Señor de la paz”, que “Él mismo es nuestra paz” (Efesios 2, 14), y que no nos ha dejado huérfanos, estamos predicando. No ofrecemos una autoayuda, ofrecemos a un Salvador. Al recordarle, por ejemplo, el consuelo en las palabras: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os daré descanso” (Mateo 11, 28), le estamos abriendo la puerta a la única ayuda real. El predicador no da una opinión; da la Palabra de Cristo, que es “viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos” (Hebreos 4, 12).
La Predicación como Estilo de Vida
La Gran Comisión no es un llamado exclusivo para el clero o para los misioneros profesionales; es una responsabilidad que fluye del ser cristiano. Todo aquel que ha sido salvado por Cristo está llamado a ser Su testigo.
Jesús dijo a Sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo… Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5, 14.16).
Nuestra vida es, en sí misma, una forma de predicación. Las “buenas obras” a las que se refiere Jesús no son el Evangelio, pero son la prueba visible de que el Evangelio ha transformado un corazón. Una vida de integridad, de servicio desinteresado, de perdón constante, y de amor incondicional, se convierte en un preludio, en una invitación silenciosa para que las personas pregunten por la esperanza que hay en nosotros.
El Apóstol Pedro nos exhorta a estar siempre listos: “Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero hacedlo con dulzura y respeto” (1 Pedro 3, 15-16).
La predicación se manifiesta en dos dimensiones que se complementan:
- El Testimonio de Vida: La coherencia entre lo que creemos y cómo vivimos. El amor, la paciencia y el gozo en la tribulación hablan más fuerte que mil sermones.
- El Testimonio de Palabra: La valentía y la humildad para nombrar a Jesucristo como la fuente de esa vida. Es esencial no solo vivir el Evangelio, sino anunciar el Nombre de Aquel que lo hizo posible.
La importancia de la predicación de Cristo radica en que es la única voz que puede romper las cadenas del pecado y la muerte. Es la voz del Amor que llama a la oveja perdida de regreso al redil. Es el instrumento por el cual el Señor Resucitado continúa ejerciendo Su Señorío sobre la vida de los hombres. El cristiano que entiende esto, se sabe enviado. Y como enviados de Cristo, nuestra única tarea es asegurarnos de que el mundo escuche la única noticia que verdaderamente importa: que hay perdón, vida eterna y esperanza en Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.
Acerca de Ricardo
"Donde la Fe y la Ciencia se encuentran para revelar la verdad del Creador."
Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.