¿Porque los dinosaurios no aparecen en la biblia?

En el corazón de la experiencia cristiana, siempre ha existido una noble tensión, un diálogo constante entre lo que creemos por fe y lo que descubrimos por la razón. Esta búsqueda de la verdad completa es lo que nos impulsa a mirar el registro fósil y el pergamino sagrado, y a preguntarnos con honestidad: ¿por qué los dinosaurios, esas criaturas majestuosas y aterradoras que dominaron la Tierra durante eones, no son mencionados explícitamente en las páginas de la Biblia?
La ciencia nos ha revelado la existencia de estos grandes reptiles a través de la paleontología, ubicándolos en un vasto periodo conocido como la Era Mesozoica, mucho antes de la aparición del ser humano según la datación geológica. Por otro lado, la narración bíblica, con su foco en la relación del Creador con la humanidad y su historia de salvación, comienza su relato con la creación del mundo y el hombre. Pareciera, a primera vista, un abismo insalvable. Sin embargo, al aplicar tanto la exégesis rigurosa como el método científico, descubrimos que este aparente silencio es en realidad una elocuente declaración de la naturaleza de la Sagrada Escritura.
Un Libro de Teología, No de Ciencia
Para comprender esta “ausencia”, lo primero que debemos hacer es entender la naturaleza y el propósito de la Biblia. La Sagrada Escritura no es un manual de biología, geología, o astronomía. Su objetivo primordial es revelar a Dios, su plan salvífico, y la verdad necesaria para la vida de fe. Como dice San Pablo, “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté bien dispuesto para toda obra buena” (2 Timoteo 3:16-17).
El propósito es claramente teológico y moral, no científico. Los autores sagrados, escribiendo hace miles de años y bajo la inspiración divina, emplearon el lenguaje, la cosmología y las categorías culturales de su época. No tenían ni necesitaban el término “dinosaurio” (una palabra acuñada recién en 1842) para describir el poder y la extensión de la obra creadora. Si la Biblia hubiese intentado catalogar cada especie que ha existido, se habría convertido en una enciclopedia inmanejable, perdiendo su enfoque central.
El relato del Génesis, por ejemplo, nos ofrece una verdad fundamental: que Dios es el creador de todo lo visible e invisible. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Génesis 1:1). Esta declaración inicial abarca, por implicación, cada criatura que ha poblado este planeta, desde el más diminuto microorganismo hasta el gigantesco Argentinosaurus. La Biblia nos dice quién creó y por qué (por amor y para compartir su ser), pero deja el cómo y cuándo detallado a la investigación que Dios ha hecho posible a través de la razón humana (la ciencia).
La Ciencia de los Tiempos Geológicos y la Interpretación de la Creación
Aquí es donde la ciencia, lejos de contradecir, nos ayuda a contextualizar la narración bíblica. La geología moderna, la datación radiométrica y la paleontología nos ofrecen una cronología de la Tierra que se mide en miles de millones de años, con los dinosaurios dominando el panorama entre hace aproximadamente 230 y 66 millones de años.
Frente a esto, la interpretación cristiana de Génesis ha evolucionado con el conocimiento. La comprensión de los “seis días” de la creación no necesariamente debe ser la de seis días solares de 24 horas. Muchos teólogos y estudiosos cristianos, siguiendo la tradición que valora la razón, entienden los “días” (en hebreo, yom) como vastos períodos o eras de tiempo, o bien, como una estructura literaria que organiza el acto creador. Esta visión permite que los hallazgos científicos sobre la antigüedad de la Tierra y la aparición secuencial de las especies (incluidos los dinosaurios) encajen perfectamente con la verdad teológica de la creación divina. La creación no fue un evento instantáneo, sino un proceso ordenado y progresivo.
La fe no teme a los millones de años; más bien, ve en la inmensidad del tiempo geológico una manifestación de la paciencia, la grandiosidad y el diseño de Dios. El hecho de que la vida haya pasado por etapas tan diversas y complejas como la de los dinosaurios, y que hayan existido y desaparecido antes de que Dios preparara el mundo para la humanidad, no disminuye el poder divino, sino que lo magnifica. Es la prueba de que el Creador trabaja con una economía de tiempo que trasciende nuestra limitada perspectiva.
Buscando Gigantes: El Behemot y el Leviatán
Aunque el término “dinosaurio” no existe en la Biblia, hay pasajes en los que el poder y la inmensidad de la creación animal se describen de forma tan vívida que algunos han visto en ellos ecos de las criaturas prehistóricas. El ejemplo más claro se encuentra en el Libro de Job, donde Dios se revela a Job a través del poder incomprensible de su creación.
Dios describe a dos criaturas de fuerza y tamaño extraordinarios: el Behemot y el Leviatán.
“Mira al Behemot, que hice como a ti, y que come hierba como el buey. ¡Qué fuerza la que hay en sus lomos, qué vigor en los músculos de su vientre! Su cola se yergue como un cedro; los nervios de sus muslos están trenzados. Sus huesos son tubos de bronce, sus miembros, barras de hierro. Es la obra maestra de Dios…” (Job 40:15-19, pasajes seleccionados)
La descripción de una cola que “se yergue como un cedro” (fuerte, gruesa y firme, como un tronco) y de unos huesos “como tubos de bronce” sugiere una criatura de una masa y estructura ósea descomunales, mucho más allá de un hipopótamo o un elefante. Algunos eruditos ven aquí una alusión a un gran saurópodo, un dinosaurio de cuello y cola larga.
Y sobre el Leviatán, criatura marina, se dice:
“Nadie es tan osado que lo despierte. ¿Quién se sostendrá delante de mí? ¿Quién me desafiará para que yo le devuelva? Todo cuanto hay bajo el cielo es mío. No guardaré silencio acerca de sus miembros, de su fuerza inmensa y de su hermoso porte… De su boca salen llamas, saltan chispas de fuego. De sus narices sale humo como de olla hirviente. Su aliento enciende carbones, y una llama brota de su boca.” (Job 41:1-21, pasajes seleccionados)
El Leviatán es la personificación de la fuerza indomable del mar, un monstruo marino que incluso puede haber sido un animal real, ahora extinto, o una representación poética de la inmensidad y el terror que inspiran las profundidades. En ambos casos, el propósito del texto no es darnos una clasificación biológica, sino mostrarle a Job que, si las criaturas creadas tienen un poder tan sobrecogedor, ¡cuánto más lo tiene su Creador! La ausencia del nombre científico se vuelve irrelevante; la verdad teológica es que Dios es el origen y dueño de toda esa fuerza.
La Humildad de la Fe y la Razón
Piensa en un niño pequeño que te pregunta cómo funciona la radio. Tú podrías explicarle la compleja física de las ondas electromagnéticas, las modulaciones de frecuencia y amplitud, los semiconductores y los circuitos. Pero para el niño, una explicación más simple y directa sobre “ondas invisibles que traen sonidos” es suficiente para entender la función y el milagro del aparato.
De la misma manera, la Biblia le habla a una humanidad naciente y la introduce a las verdades esenciales de Dios, del pecado, y de la salvación, utilizando un lenguaje que era comprensible para la gente de la época. No era el momento de hablar de la deriva continental, la taxonomía de los reptiles o el impacto de un asteroide hace 66 millones de años. Ese conocimiento (el cómo) se lo ha encargado Dios a la humanidad, dándole la capacidad de la razón y la investigación (la ciencia).
El cristiano de hoy, que valora la razón como un don divino, no debe sentirse dividido. Podemos admirar el registro fósil de los dinosaurios en un museo, maravillándonos ante la complejidad de la vida que Dios diseñó en esas eras pasadas, y al mismo tiempo, leer el Génesis y el Libro de Job, reconociendo en ellos la voz de un Creador trascendente cuyo poder abarca todo el tiempo y el espacio. La fe y la ciencia, en lugar de chocar, se iluminan mutuamente. La ciencia nos revela la magnificencia de la creación en detalle; la fe nos revela la identidad de Aquel que la hizo posible.
Pregunta de Reflexión
Si la ciencia nos enseña sobre la inmensidad del tiempo y la complejidad de la creación a través de fenómenos como los dinosaurios, ¿cómo cambia o profundiza su comprensión del poder y la paciencia del Creador que se revela en la Biblia?
Acerca de Ricardo
"Donde la Fe y la Ciencia se encuentran para revelar la verdad del Creador."
Soy Ricardo, apasionado por la Palabra de Dios y por el conocimiento que nos brinda la ciencia. Creo firmemente que la Biblia y la ciencia no se oponen, sino que juntas nos ayudan a comprender mejor la vida, la creación y nuestro propósito en este mundo.